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Andrés Apeloig Sobreviviente del Holocausto

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Enviado (15/12/2010)Enviado porsamuel1-
 Andrés Apeloig Sobreviviente del Holocausto

Tuve la oportunidad de conocer y tratar a cientos de sobrevivientes del Holocausto. Cada uno de ellos tiene un espacio de mi propio ser.  Con ellos aprendí cosas increíbles. Algunas de ellas debería en algún momento escribirlas, para que de ese modo sus experiencias puedan servir de ayuda a otras generaciones.


He podido notar y esto lo he tratado de compartir, de que esta gente, fue hecha de un modo y una materia muy especial.  Todos ellos demostraron tener una resistencia, inteligencia, fuerza, voluntad, deseos de vivir y sobre todo una actitud muy especial. Me refiero sin lugar a dudas a la que logró sobrevivir a una persecución sistemática, a un acoso permanente y a la locura generalizada con la que pueblos enteros se prestaron a esta ignominia.  Estoy convencido que ello, no se debió ni es el resultado aislado de una de suerte, ni considero que pueda ser obra de milagro alguno.  No cabe en mi mente, la posibilidad de un acto divino de ser responsable de los que se salvaron y por ende de pretender a la vez considerarlo  inocente de los siete millones que fueron sacrificados, como de también de los cientos de millones de descendientes que por este acto, no tuvieron oportunidad de nacer.  Estoy seguro que Dios no puede ser mancillado con y por estas acciones.


Mantener un tema como éste, sin entrar en detalles, sin adelantar la tristeza que me ocasiona, de la que jamás podré desligarme sin tener que llorar hacia adentro, es para mí un imposible. Por ello, aunque he mencionado algunos aspectos de esa triste parte de la historia de mundo que no me tocó gracias a Dios vivir, pero que si me afectó y me sigue afectando como ser humano y segundo y principal como judío, hoy posee una explicación y una razón de ser.


Hará unos veinte años cuando falleció mi suegro, Mauricio Motek Kramer Adler Z.L. él, había pasado cuatro años en los campos de concentración, donde mataron a sus seis hermanas, padres, tíos primos, quedó completamente huérfano, su historia fue una de las tantas que se perdieron, por no contar. El miedo que permanecía en su conciencia, no le permitía revivirla. Al entrevistar a sus dos hijas y a su esposa me encontré que era poco, muy poco lo que ellas conocían todo ello está relatado en dos páginas de mi libro; sus dolores, penas y miedos murieron con él.


Esta experiencia despertó en mí una necesidad de saber, conocer, encontrarme frente a las distintas costumbres vividas y darle forma a un libro que se titula Sobreviviente. En él incluí muchas vivencias, situaciones incomprensibles, inadmisibles y hasta vergonzosas para todos los que pertenecemos a la raza humana. Mientras lo escribí, durante los casi seis años que me tomó hacer todas las entrevistas, reviví junto con su protagonistas, con sus anécdotas e historias, no sólo las persecuciones, los maltratos, el hambre. Sentí el miedo al conocer la frialdad con la que esos esbirros trabajaron. Lanzar un bebé al aire y disparar contra él, colocar a siete y ocho hombres en fila india y apuntar a la cabeza de uno de ellos para ver cuántas personas podría matarse con una sola bala. Darles órdenes a sus perros para que acabaran con una persona. Arrastrar por las calles a un hombre jalado por caballos hasta la muerte. Invadir hogares a cualquier hora del día o de la noche con una fuerza armada desproporcionada, escandalosa, asesina, para llevarlos a la estación del tren y cargarlos sin pertrechos en trenes de carga de animales, sin ventanas, sin sillas, sin luz, sin chances de vida, para ser trasladados a su destinos final, los campos de exterminio.


Tener conciencia de lo que sufrieron, sentir a cada instante un dolor que no se puede uno quitar de encima, saber de cosas que no se pueden ni contar, conocer detalles oscuros de gente que para salvar su propia vida hizo todo lo que fue necesario, sin mirar atrás, a veces sin volver la cara para saber de los suyos. Y por qué no, también conocí de casos especiales, en los que muchos no judíos, arriesgando sus vidas y la de los suyos, ayudaron a salvar a miles de judíos. Acá vale la pena mencione a mi buen amigo no judío y ya fallecido Jorge Planas, quien en Porbou, ciudad frontera entre Francia y España logró salvar a seis mil judíos, entre ellos se deben mencionar a dos muy especiales, Salim Jamson y Walter Benjamin, éste último el crítico literario más importante del momento. El hombre más claro en cuanto a la realidad humana, considerado el traductor más exacto entre los varios idiomas que le tocó intervenir. Sus obras del alemán al francés, del inglés al alemán, del polaco al francés son todas joyas de arte, en las que se dice que mejoró en calidad a los originales. Lástima que ya una vez a salvo en España, el gobierno de Francisco Franco, por órdenes personales de Hitler, lo mandó a matar. Un hecho negro, que el pueblo hace unos pocos años trató de lavar, al construir un monumento en su nombre, que comienza en la misma puerta del cementerio en el que están sus restos y continua en una escalera interrumpida en el aire, con una pared de vidrio que de algún modo nos deja ver que además de la obra inconclusa del autor, su legado se pierde entre la inmensidad del cielo.


Hace un par de semanas un nuevo amigo, Marcel Apeloig, me envió un libro que me había sido prometido unos meses antes. Apenas llegado a mis manos, se efectuó un hechizo, como por arte de magia, no pude desprenderme de él y en un par de días lo devoré. El tema no era nuevo, muy por el contrario se trataba del mismo del que me había apartado un poco. El protagonista era su papá y sus vivencias, ahora mías. Con la lectura me fui  acercando con un afecto especial a un ser que no está y no conocí, pero un hombre que se merece algo más que unas simples palabras. Pienso que para mí fue una gran pérdida el no haberlo conocido; el conocerlo por medio de sus escritos, me convirtió en su fan y lo tendré siempre presente en mis charlas y alocuciones sobre el tema pues considero que fue un ser auténtico, sincero, orgulloso, bueno y sobre todo especial.


Ya, teniendo en mis manos su libro, como dije, di comienzo a la lectura bajo la suposición de encontrarme con alguna de las historias de otros sobrevivientes. Afortunadamente descubrí a un personaje que dando comienzo a una vida de miedos y temores, de dudas e inseguridades, de opulencia y derroche, de conocimiento y de arraigo, en cada página, a cada línea se va notando una metamorfosis que nos obliga a sentir en carne propia las vicisitudes, los miedos, dolores. Es tan veraz su elocuencia que uno siente la respiración, las frustraciones y por qué no, uno, hasta lo acompaña en los dolores, en su largo y dilatado camino al amor. Andrés Apeloig o Abraham Apeloig como era su verdadero nombre, se convierte de poco a poco, paso a paso, de un hijo protegido y mimado, en un hombre acostumbrado a retar al miedo. Un hombre dispuesto a romper esquemas, un hombre ávido de hacer, ayudar. Me debo detener un momento en este punto, pues hay algo que se debe reconocer en Andrés Apeloig, él era un hombre lleno de vida, complementado en esperanzas, un digno ejemplar de amor, abnegación y sobre todo, orgulloso de ello. Afortunadamente dejó un legado con sus vivencias las que confirman y configuran una parte importante de lo que fue el oscuro pasaje del Holocausto.


Andrés Apeloig confirma mis dudas de que los sobrevivientes no eran personas normales. Cada uno de ellos logró revelar una faceta digna de emular. Cada uno demostró que la suerte podía haber surtido efecto alguna vez, pero se le presentaron cientos de contrarias pruebas, debió luchar contra la adversidad, en batallas sin igual, donde en todas salió vencedor. Acá ya no cabe la suerte. El poder haber sobrevivido a tanto, es señal de exclusividad, de gran capacidad y sobre todo de una toma de grande y perfecta actitud.


Andrés es y lo digo consciente aún de que su cuerpo no está, pero me consta que la energía de vida que sentí al penetrar su lectura, me hizo revivirlo, pensar en él, platicar mis dudas, halagar sus hazañas, agradecer a su hijo Marcel, el que me haya permitido aprender de él. Al leer sus memorias nos damos cuenta de su desprendimiento, su generosidad, de los valores que mantuvo en todo momento para con propios y ajenos. Detectamos las tantas veces en que pudo hacer fortuna, aprovechando momentos de hambre, no lo consideró justo, no se aprovechó de los momentos de poder, siempre compartió un bocado. Jamás habló mal de su suerte y de tantas cosas negativas que me vienen en este instante a la mente. Quizás por esos valores que le fueron sembrados y que sin dudas él alimento e hizo crecer, los que fueron su lema, escudo, bandera y ley.


Quiero dejar claro que fue mucho lo que no se dijo en su libro, fue mucho lo que no se detalló y muy valioso lo que se dejó a la suerte, pero con todo y ello, a Andrés Apeloig, lo considero un adalid de nuestro pueblo, un héroe entre los héroes, un Sobreviviente especial, un judío como pocos y debo agregar, un ser que debe ser motivo de estudio y su papel en lo referente a su paso contra el Imperio Nazi debe tomarse como muestra y protagonista en un film en el que todos puedan llegar a apreciarlo y a quererlo como lo hago desde que di comienzo a la lectura de su libro.


Samuel Akinin Levy


Caracas 14 de diciembre de 2010

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