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Martes - 17.Octubre.2017

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Los galanes de la poesía

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Enviado (17/09/2011)Enviado porJose Ramon Muñiz Alvarez-

visite: http://jrma1987.blogspot.com




JOSÉ RAMÓN MUÑIZ ÁLVAREZ

"LOS PLACERES DEL AMOR”  o "LOS GALANES DE LA POESÍA"


(PEQUEÑA ASTRACANADA MEDIEVAL, O SI SE QUIERE,

JUGUETE CÓMICO-LÍRICO EN UN

ACTO ÚNICO


(Compuesto en verso)

 



CUADRO ÚNICO:

Interior del Castillo de D.Marcelino, ese señor de viejas barbas que está al lado de Marcos, su humilde criado. Los atuendos de ambos señalarán levemente la diferencia de la condición social de ambos. Están en el despacho de D. Marcelino, las ventanas abiertas, y desde el interior del gabinete se ven paisajes más allá de las ventanas, con montes coronados por otros castillos.


ESCENA ÚNICA:

 



MARCELINO-. Para el que sabe de amor

y se mete en amoríos

puedo contar desvaríos:

de cuanto sé, lo mejor.

Y, si me haces el favor,

si me quieres escuchar,

yo bien te podré avisar

de mujeres litigantes

y de estúpidos amantes

que tienen que escarmentar.


Presta atención, como digo,

si el saber es un derecho,

que sacarás buen provecho

de quien te pone a su abrigo;

que no es mirarse al ombligo

dar instrucción y saber

a quien debe conocer

todo lo que amor enciende,

cuando en el pecho se prende

el amor de una mujer.


Y son esto cosas graves

en las que te he de enseñar,

que siempre es bien no llorar

como sé que tú bien sabes.

Las mujeres son muy suaves

y sutiles sus maneras,

y, para hablar a las veras,

su trato pide cuidado,

pues es su pecho malvado

y sus mentes traicioneras:


cómo saben engañarnos,

manipularnos, metirnos…

Siempre quieren conducirnos,

siempre buscan gobernarnos.

Es necesario ayudarnos

siempre con estas cuestiones,

porque quiebran corazones,

no conocen la piedad,

dándose a la mezquindad

de desprecio y sinrazones.


¿Quién de una mujer se fía,

si ni ellas mismas se entienden?

Tanta apariencia que venden

es necedad y porfía.

¿Sabes que una prima mía

trajo a un príncipe, su amante,

a locura delirante

con decir que no lo amaba?

MARCOS-. Si la verdad le contaba…

MARCELINO-. No seas extravagante.


Haz caso de tu señor,

que por tener nombradía,

muestra más sabiduría

incluso que el buen prior.

¡Qué sabe un cura de amor,

como no sea del divino!

MARCOS-. Sabed vos, don Marcelino,

que temo ser descortés,

pero no tengo interés

en seguir este camino.


No hay cosa más elevada

y bella que las mujeres,

pues ofrecen los placeres

y nos cuidan la morada;

ese lugar donde, airada,

a veces la veis reñir,

que también el discutir

ha de tener su momento.

MARCELINO-. Clamar quiero al firmamento,

Pos lo que me haces sentir.


MARCOS-. Vos amáis a vuestra esposa

con vuestro pecho valiente,

como bien cuenta la gente.

MARCELINO-. ¡Qué bobada tan graciosa!

Si un infeliz se desposa,

¿no hará bien hacer la gracia,

evitando la falacia

de mentir a los demás,

en contar lo que sabrás

de mi dolor y desgracia?


Cuando a mi mujer amé,

que fue ya en tiempo lejano,

me sentí limpio y ufano,

pero luego me casé.

Me casé, mas me cansé,

que una bruja al hombre amansa

cuando se casa y se cansa,

y sigo, en fin, yo cansado

del mal de verme casado

con alguien que no descansa.


¿Quién quiere casarse hoy día,

sabiendo que son los años

malos amigos, tacaños,

con quien va a la vicaría?

Yo me casé, y fue porfía

que de pagar en salud.

Haz caso de la virtud

y prudente escucha al viejo,

haciéndote buen reflejo

de su justicia y virtud.


Casarse es una locura.

Tú no te puedes casar

sin haber visto pasar

la edad que volando apura,

pues es terrible la cura

de quien se rinde a pasiones,

dibujando corazones

en los árboles callados.

Yo digo que están tarados

y que son unos pendones.


Y para que, firme venza

sobre tu tan loco intento,

ilustraré el argumento

a costa de mi vergüenza:

el caso es que fui a Sigüenza,

noble ciudad, no lo dudo,

y como el Amor me pudo,

me jugó una dura treta:

y es que vine a ser poeta,

sujeto a su extraño nudo.


De todo, lo más pesado

es el joven que sin guía

se dedica a hacer poesía

con rancio verso rimado.

No fui malo, fui afamado

con mis extrañas letrillas,

que, si son cosas sencillas,

yo, no falto de pereza,

pude mostrar mi cabeza

con tan raras maravillas.


Pero mira, por favor,

a lo que el sino nos lleva,

que te voy a dar la prueba

de que amar no es lo mejor.

Trajo el amor tal dolor,

que, dejando mis asuntos,

pensaba yo en estar juntos

mi persona y mi señora

desde el alba a la otra aurora.

Y qué terribles barruntos…


Porque siempre la poesía,

a pesar de su belleza,

nos trastorna la cabeza

cada noche y cada día.

Piensa con la mente fría,

que no es útil para nada

escribir cada alborada

al amor más encendido

para que luego Cupido

te deje un sabor a nada.


MARCOS-. Mi señor don Marcelino,

bien sé yo que sois muy viejo,

mas por seguir el consejo

todavía no me inclino.

Yo pienso que me encamino

a singulares pasiones.

por eso escribo canciones,

que, aunque, sin utilidad,

dan gusto a mi mocedad.

Cambiemos estas lecciones.


No acudo a vos, buen amigo,

a quien tanto yo agradezo

favores que no merezco,

por no mirarme el ombligo,

ni me pongo a vuestro abrigo

para maldecir amores.

Quiero hacer versos mejores,

quiero, como hicisteis vos,

buscar, no el amor de Dios,

sino infinitos amores.


Aprender las reglas quiero

en el arte de trovar

para poder elevar

este amor que es tan sincero.

Sed vos señor, yo escudero,

en tan difícil momento:

no quiero rimas de viento

para hacerme yo el festivo,

quiero sentir lo que vivo

para decir lo que siento.


MARCELINO-. Pues vas de cabeza al río,

he de enseñarte a trovar,

pero antes debo buscar

en este comodín mío.

A veces yo miro y río

mis raras letrillas viejas,

mis lamentos y mis quejas,

que con tanta devoción,

suplicaron el perdón

de una dama en sus orejas.


Aguarda, que he de buscarlas

para que, alegre las leas,

que bien está que las leas.

Remueve el cajón con tiento.

Mira, acabo de encontrarlas.

¿No las ves? Ven a mirarlas,

que tienes vista mejor.


MARCOS-. Leyendo:


Letras hechas al sabor

del señor don Marcelino

de Priaranza del Camino,

cuando tuvo un gran amor:


Recitando:


Pues mal me quiere la vida,

que me mata un mal de amores,

por pedir altos favores,

he de llorar la partida.

La dejaré por perdida

si a este destierro me envía,

con la mirada más fría,

que no es justo padecer

el amor de una mujer

cada noche y cada día.


Y ya que tal mal provoca

en mis ánimos dolidos,

llevo los labios vencidos

sin recuerdo de su boca.

Mal destino el que me toca,

Si es triste la suerte mía,

con la mirada más fría,

que no es justo padecer

el amor de una mujer

cada noche y cada día.


Por eso vivo apartado

de todas las devociones,

y enojado de pasiones,

muero triste, alborotado.

Del amor avergonzado,

no envidies la suerte mía

con la mirada más fría,

que no es justo padecer

el amor de una mujer

cada noche y cada día.


Quiero penar, solitario,

dolerme del mal que tengo

y sentir que me prevengo

de subir otro Calvario,

que es un fuego extraordinario

hallar pena en la alegría

con la mirada más fría,

que no es justo padecer

el amor de una mujer

cada noche y cada día.


Quiero morirme ya en suma,

y ser espuma en los mares,

si es Venus, en sus altares

la que nace de la espuma.

Por eso tomo la pluma

que el ingenio hace porfía

con la mirada más fría,

que no es justo padecer

el amor de una mujer

cada noche y cada día.


TELÓN Y FIN


2009 © José Ramón Muñiz Álvarez

“LOS PLACERES DEL AMOR”

Cuadro único

Todos los derechos reservados por el autor.



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