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Martes - 24.Octubre.2017

Estás en: Poetas noveles

Candás-Peña Furada

ver las estadisticas del contenidorecomendar  contenido a un amigo
Enviado (02/10/2011)Enviado porJose Ramon Muñiz Alvarez-
Videre: http://jrma1987.blogspot.com



José Ramón Muñiz Álvarez

"LOS DELIRIOS DEL AMOR" O "EL LAMENTO DE LA PRINCESA"

Juguete cómico-lírico en un
cuadro único.


ESTAMPA ÚNICA:

Interior del castillo de la princesa, a la que encontramos sola, sentada al lado del fuego, donde crepitan las llamas entre la leña, en un butacón señorial de decoración sobria. La piedra rosada del interior queda desnuda y pueden verse claramente los sillares y el sillarejo. Tras la ventana, cerrada, se ven los montes nevados y se escucha el gemido del viento, dando golpes en el ventanal. La princesa viste blancos vestidos, riquísimos, según el gusto de la moda del siglo XV. Frente a la chimenea, una puerta practicable.

ESCENA PRIMERA:

PRINCESA: Por los males del amor
Una mujer desdichada
Se siente desconsolada
Y dejada del favor.

Pausa. La princesa exhala un hondo suspiro.

Sí que es raro ese licor
Agridulce aunque sabroso,
Quién sabe si venenoso
Que se sirve, traicionero,
Como apetito ligero
O refrigerio gozoso.

Breve pausa.

Llora un alma de mujer
Por lo que le niega el niño
Que quiebra el traje de armiño
Con su flecha y su poder.
Pero no puede doler
Esa flecha desgraciada,
Sino sólo la punzada
Que, llegada al corazón,
Arrebata la pasión
De la dama enamorada…
Quién pudiera consolar
Esta tan honda tristeza
Y sentir como certeza
El privilegio de amar.

De pronto se levanta y se dirige hacia el fuego.

Pero todo ello es soñar,
Que no es fiel ni amigo regio
El amor que en privilegio
Quiere volver a trocarse,
Quizás para contentarse
Como raro florilegio.

Atizando el fuego.

Quiere al duque el alma mía
Con todo su frenesí,
Porque, desde que lo vi,
Toda yo soy osadía.
Nada ya mi pecho enfría
Ni acalora mis amores,
Que, en este jardín sin flores,
Vivo penando tristeza,
Pena, desidia, pereza,
Indiferencia y dolores.

Volviendo a sentarse en el butacón.

Y, con llegar la alborada,
Que del sueño me despierta,
Miro la ventana abierta
Y no es bella la nevada,
Ni lo es la tierra escarchada
Donde cuajan los granizos
Y el hielo, cuyos hechizos
Hieren con fuego mi pecho
Con el coraje y despecho
De los vientos invernizos.

Arrellanándose en el asiento.

Y es que, en este apartamiento
Privado de todo amor,
Es insufrible el calor
Del hielo, el aire y el viento,
Pues soportar el tormento
De la ingrata indiferencia
Colma toda la paciencia
Y derrota al más plantado,
Que el amor me ha envenenado
Con su falta de indulgencia.

Breve pausa.

Qué dichosos los villanos
Que no sienten el dolor
De los desdenes de amor
De los regios soberanos,
Que, aunque, como son humanos,
No les falta el buen querer,
Adoran a la mujer,
Sin sentir estas pasiones,
Porque nobles corazones
Sólo pueden padecer.

Vuelve a levantarse. Paseando en círculos.

Qué rara tribulación
La que, en fin me desconcierta,
Que el alma siento ya yerta
De esta desesperación.

Exhalación de otro suspiro.

No es soberbia ni ambición
Lo que el alma mía empuja.
Yo sólo sé que me embruja
Una rara expectativa,
Cuando la intención esquiva
Al noble duque dibuja.

Pausa.

Pero no me habrá olvidado.
Tal vez esté con el rey,
Tratando asuntos de ley,
De política o de estado.

Volviendo al asiento.

La promesa que me ha dado
Bien sé que la cumplirá.
Digo que no mentirá
Cuando su amor me promete,
Cuando, fiel, se compromete,
Porque sí se casará.

Sentándose.

Pues ¿no había de quererme
El buen duque mi señor,
Si me promete su amor
Y dice que ha de tenerme?
Pero parece que duerme
Cuando su correspondencia
Pospone sin diligencia,
Sin piedad a mis alientos
Con estos requerimientos
Que en mí produce su ausencia.

Un bostezo leve. Se despereza.

No hace mucho aquel escrito
Me mandó por un criado.
¡Y qué escrito tan logrado!
Todo estaba bien descrito,
Dicho todo tan bonito,
Con palabras tan hermosas
Que se hacían melodiosas
Cuando, leyendo escuchaba
Los versos que dedicaba
A mis gracias tan hermosas.

Pausa muy breve.

La poesía contenida
En sus líneas vino en verso,
Con un saludo perverso
Para helar los corazones,
Que encendido de pasiones,
Selló su amor al reverso.
Y como él es tan galán,
Tan fino y tan educado,
Sin presumir de letrado,
Quiso decir un refrán.
Este su amor un volcán
Es, como gran maravilla,
Porque su alma sencilla
Engendró tal pensamiento
Que me causó gran contento
Sólo con una letrilla.


Yendo ahora hacia la ventana.

En fin, que penando vivo
Aunque el alma se me parta,
Siempre esperando la carta
De aqueste varón esquivo,
Que me escribe, pensativo,
Pensamientos amorosos,
Cuando no son enojosos
Esos reproches de ausencia
Que lo colman de impaciencia
Con sus verbos recelosos.

ESCENA SEGUNDA:

Entra la doncella.

DONCELLA: Alteza, traigo un mensaje
Que os acaba de llegar,
Y es del duque de Melgar,
Que la manda por un paje.
PRINCESA: Siempre me ha dado coraje
Esa violenta pereza
Con la que muestra aspereza
El duque con su tardanza.
Vamos, acércate, alcanza
La carta a mi diestra mano.

La doncella le da la carta.

Siempre mostrándose ufano,
Jugando con mi esperanza.

La doncella se sienta en un taburete incómodo, próximo al butacón, a un gesto de la princesa. La princesa, sentada ya, extiende el papel y comienza a leer con voz solemne:

"No quiero saber de amores
Que adornen bellos corales,
Pues siempre causan mis males
El coral y sus colores.

Breve pausa.

Tal vez en tiempos mejores,
Tal locura delirante
Me pareciera, al instante,
Tan preciada como el oro,
Pues es ilustre tesoro
Para el que se siente amante.
Y aquí yazgo yo, enojoso,
En los amores vencido,
Tras haberte conocido,
Flecha de amor silencioso.

Pausa.

Siempre diré quejumbroso
Mis llantos en rima varia,
Y al no escuchar mi plegaria,
Me verás dentro del cieno,
Si me llenas del veneno
De la amanita muscaria.

Mirada de complicidad entre la princesa y la doncella.

Y el caso de mi querella
Y mi llanto peregrino
Es ese fuego mezquino
Con que el amor me atropella.

La princesa suspira nuevamente.

Sensible a la imagen bella
De una mujer silenciosa,
Ella pudo ser la rosa
Coronada de claveles,
Reina de verdes laureles,
Emperatriz generosa.

A un gesto de la princesa, la doncella se acerca al fuego y lo atiza, sin dejar de escuchar.

Pero con fuertes desdenes
Vino Cupido a mis ojos,
Para llenarme de enojos,
Para arrancarme los bienes.
Heridas tengo las sienes
Y perdida la cabeza
De saber que no es firmeza
Firme alzar el sentimiento,
Pues hiere mi abatimiento
Y derrota mi nobleza".

Dejando de leer.

Ay, qué galán tan inquieto,
De cual el alma recela,
Porque, con una espinela,
Me da muerte, en un soneto,
En un romance repleto
De los halagos más caros,
De los elogios más raros,
De la más dulce hermosura,
Pues su palabra es frescura
Y hace los versos más claros.

La doncella vuelve a sentarse en el taburete.

Muchas veces lo repito:
Con ese tono marchito
Del amante moribundo,
Un sentimiento profundo
Puso en mi pecho el canalla,
Que sabe que mi amor halla
Siempre dispuesto y fecundo.
Menuda carta atrevida
Pudo mandar él, valiente,
Siempre cortés, diligente,
Para arrancarme la vida.

Pausa. Volviendo a leer.

"Áspero Amor ha venido
A visitarme en mi lecho
Para sacarme del pecho
Un amor que no he vivido.
Áspero Amor ha querido
Que del ocaso a la aurora,
Como el desgraciado llora,
Venga a llorar, destronado,
Que me encuentro en este estado
Donde el alma no mejora.
Maltratado en estas lides,
Quiero del olvido el vino
Y perderme en el camino
De las parras y las vides.
Amor, si no te decides
A dar de una vez la muerte,
Permite, pues, que despierte
En los umbrales del sueño,
Pues no eres un mal pequeño
Para el que en ti se concierte".

Leyendo, pero dicho con ironía.

Quejas de amor, quejas graves,
Quejas del abatimiento
En que vive el descontento,
Soñando con horas suaves.

Pausa. Un suspiro.

Quejas de amor cuyas llaves
Quieren cerrarle las puertas
Que quisiera ver abiertas
El alma presa en su hechizo,
En tempestad y granizo
Con esperanzas inciertas.

El ventanal se abre por un golpe de viento. Se ven entrar algunos copos de nieve. La doncella se precipita a cerrar la ventana. La princesa vuelve a leer:

"Este dolor hoy me agita,
Y, al tiempo que me enajena,
Lentamente me envenena,
Dulcemente me marchita.
Puede ser que me derrita
En tan graves confusiones,
Que terribles emociones
Vienen a darme por suerte
El consejo de la muerte,
En estas habitaciones.

La doncella vuelve al taburete.

Rara lección habrá sido
Querer aprender a amar
Para luego contemplar
Que es amor lo no querido.
Este afán me ha consumido
Y otra vez hoy me consume.
Yo no sé de qué presume
Quien por los amores yerra,
Que es, al nivel de la tierra,
Soñar un raro perfume."

La princesa continuará la lectura:

"Yo me admiro consumido,
Derrotado en la batalla,
Viendo ante mí que se halla
El Amor muy complacido.
En esta guerra vencido
Ya sólo me queda el llanto.
Cierto que es un raro encanto
Este amor que me enajena,
Que al tiempo que me envenena
Gozo en mi miedo y espanto."

A la doncella:

PRINCESA: Cuando con clamor pregona
Que en él se ceba más fiero
Tal amor, él no es sincero.
DONCELLA: A nadie el amor perdona.
Esta carta desentona
PRINCESA: En un hombre de gobierno.
DONCELLA: El duque es un hombre tierno.
PRINCESA: Vamos, que Dios nos asista…
Se me cansa ya la vista,
Que hay poca luz en invierno.
Llegan los meses del frío,
Que suele helarnos el alma,
Que al pobre quita la calma
Y al rico en su señorío.
Siempre me deja un vacío
Esta estación desolada…
Tiempo es ya de la nevada
Y la noche que se apura.
Sigue tú con la lectura,
Que yo me siento cansada.

La doncella lee durante unos segundos sin decir palabra y se excita al pasar sus ojos por las letras de la carta.

DONCELLA: Cielos, cuánto sentimiento.

Leyendo en voz alta:

"De amores tan encontrados,
Me cuento entre los finados
En este amargo tormento.
Sólo digo lo que siento,
Y es estar triste y cansado
De un amor desconsolado
Que vive sin solución
Por quebrar el corazón
De quien se muere apenado.
Mas viva esta pena al fin,
Este tormento y dolor,
Porque será gran favor
Del incauto paladín,
Que muerto en este jardín
De amores y desconciertos,
Siento mayores conciertos
Que los que nunca soñé,
Solamente porque sé
Que sé que nunca son ciertos.

Ambas suspiran de nuevo, las dos a la vez, profundamente, muy cursis.

Así, al matizar mi estado,
Al descubrir mi penuria,
Espero decir sin furia
El mal que me ve enredado.

Pausa.

No es esto estar humillado,
No es terrible desazón,
Pero amarga la pasión
Del más conmovido pecho
Que ve morir en el lecho
Su apenado corazón.
Porque ¿a quién no es enojoso
No verse correspondido
Y sentirse consumido
Por un mal tan milagroso.
Falto de aliento y reposo,
Esta prisión me bendiga
Si sólo al amor me obliga
Y con amor me atormenta,
Pues el amor alimenta
Lo que el ánimo castiga.
Y otra vez muero por verte,
Y otras tantas por besarte,
Que no falta el adorarte
En el dolor de quererte.
Es desgracia no tenerte,
No poder acariciarte,
Sentirte sin alcanzarte,
Alcanzarte sin sentirte,
Llamarte sin despedirte,
Despedirte por amarte.

ESCENA TERCERA:

Se oyen, desde fuera, los sonidos de trompetas, que anuncian la llegada de alguien. La princesa y la doncella, con tanta premura que la carta del duque cae al suelo, se precipitan rápido hacia la ventana, tras la cual sigue ventando y lloviendo. A la doncella se la verá muy sorprendida por todo el esplendor de la comitiva del duque.

DONCELLA: Qué bello en su garañón
Parece el duque montado,
De pajes acompañado.
Él es un noble varón.
Y, aunque os rinde el corazón,
Siempre sois con él esquiva.
PRINCESA: Tú deja que más me escriba
Y sus versos me dedique
El bueno de don Fadrique,
Y que desdenes reciba.
¿No sabes que las mujeres,
Mezclando amor y desdén,
Juntan el mal con el bien
Para enaltecer quereres?
De entre todos los placeres
Que el duque a bien me regala,
Es ese amor que le cala
Bien hondo hasta la costilla,
El que más me maravilla,
El que me llena y me halaga.
DONCELLA: Y luce bien su riqueza,
Su rango y su señorío,
Montando con tanto brío,
Demostrando su nobleza.
Y con cuánta gentileza
Os saluda allá a lo lejos,
Entre los claros reflejos
De su lustrosa armadura,
Tan brillante como pura,
Forjada de mil espejos.
Y cuánta gente con él
En solemne procesión,
Acercándose al bastión
Y siguiendo a su corcel.
¿No luce como un clavel
Con el rayo de la aurora?
Ese séquito decora
Su presuntuosa presencia,
Que llega sin insolencia
Hasta este altar donde llora.
Es un hombre poderoso,
Valiente, y todo lo muda,
Porque en la corte, sin duda,
Es con todos generoso.
Dicen que siempre afectuoso
El rey lo saluda a diario,
Que es sujeto extraordinario,
Digno de todo respeto,
Prudente, gentil, discreto,
Cortés, triste y solitario.

Cierran la ventana, ateridas de frío.

PRINCESA: Que lo diga el despeñado
Corazón cuando se advierta
Que mientras triste despierta
Del desdén será alcanzado.
Mala rémora ha tocado
Al que tanto amor escribe,
Al que, en suspiros, revive,
Al que muere porque espera,
Si en vano se desespera
Del amor que no recibe.
Que lo diga el que suspira,
Vencido en alma y aliento,
Pues desgraciado y contento,
Sufre, disfruta y delira,
Goza su ruina y respira
Las libertades que sueña,
Postrándose ante su dueña
Las intenciones más claras,
Las impresiones más raras
La lágrima más risueña.
Yo soy infeliz y acaso
Por ello soy más dichosa,
O quizás vivo gozosa
De morir en tan mal paso.
Este fuego en que me abraso
Que deja el retrato es escrito
Para siempre con granito
O con pórfido tan duro
Que el dolor en que me apuro
Se hace virtud y delito.
Por eso he de declararme
Culpable ante tanto amor,
Por eso hace mi dolor
Que no deje de agitarme,
Por eso he de consolarme
Con recordar la memoria
Que contiene tanta gloria
Para quien es sólo un hombre,
Cuando bien sé de su nombre
Que es del amor la victoria.
Dejadme morir de amor,
Para que, muriendo, viva,
O que la muerte reciba
Para vivir el dolor,
Que del placer es mejor
Olvidarse nuevamente,
Que él es astro luciente
O si él es raro lucero,
No he de alcanzarlo, no quiero,
En raro vuelo ascendente.

Dirigiéndose a la doncella:

Siempre ha sido natural
En un alma de mujer
Quererlo todo saber,
Y no me parece mal.
Torna allí donde el cristal
Y cierra bien la cortina.

La doncella hace lo que la princesa le manda.

Y, a las paredes vecina,
Podrás, oculta, escuchar
Lo que tenemos que hablar,
Y que ha de ser cosa fina.

La doncella sigue de nuevo las indicaciones de la princesa. Esta se sienta cómodamente en el butacón de su alcoba y espera la llegada del duque.

ESCENA CUARTA:

Entra el duque en la alcoba de la princesa, acompañado de un músico que trae un rabel.

PRINCESA: Aunque estemos prometidos,
No es cortés en una alcoba
Entrar como aquel que roba.
DUQUE: ¿No robáis vos mis sentidos?
No veréis arrepentidos
Los suspiros del ladrón
Que entra en vuestra habitación
Con atrevida inconstancia.
PRINCESA: Vos me asaltáis en mi estancia.
DUQUE: Y vos sois mi inspiración.

Pausa.

Os miro, claro platero,
Y a fe que morir pudiera,
O que por veros viviera.
DONCELLA (tras la cortina, al público):
El duque es un zalamero.
PRINCESA: Sois como nieve de enero,
Astuto, rápido y frío.
Os invito a un desafío
Al que podéis renunciar,
Y es si podéis explicar
Tanta pompa en vuestro verso,
Si en el amor sois perverso
Y no me queréis amar.
DUQUE: Si no hacéis caso a mi pluma,
Os lo repito en canción.
PRINCESA: Con la mayor devoción.
DUQUE: Para vuestra gracia suma,
Pues sois bella como espuma
Que, nacida de la mar,
Venus pudiera envidiar
Y los dioses de la altura.
DONCELLA (tras la cortina, al público):
El duque es genio y figura.
DUQUE: Prepárate ya a tocar.

El músico hace ademán. La princesa interrumpe:

PRINCESA: ¿Y qué es esta serenata?
No lo alcanzo a comprender.
DUQUE: Es el canto a una mujer
Que con el amor me mata.
Rara belleza retrata
Mi canción al describirla.
PRINCESA: Está bien, podéis decirla.
DUQUE: Disponte presto a tocar,
Que a la dama hay que halagar,
Pues siempre es bien bendecirla.

Empieza a tocar el músico.

Me ha pedido la ventura
que rinda culto al amor,
siento en el pecho temor
a tan honda desventura.
Es esta una senda oscura
y un doloroso camino.
Y, ya que al amor me inclino,
siento maltrecha la suerte:
con amor, muero por verte;
sin amor, no hallo destino.
Me ha robado la esperanza
este duro sentimiento:
que no digan que hay contento
en tan áspera mudanza.
Este dardo nos alcanza
y se clava peregrino.
Y, ya que al amor me inclino,
siento maltrecha la suerte:
con amor, muero por verte;
sin amor, no hallo destino.
Ojos más crueles no vieron
los ojos que os contemplaron
cuando, por veros, miraron,
y, al mirar se deshicieron;
que vuestros ojos debieron
herir tal vez a mis ojos,
de sus enojos dolidos
o por llenarme de enojos.
Y, viendo que las miradas
de vuestros ojos herían,
notando que se encendían,
las sintieron apagadas;
que de vos son mal pagadas
y de vuestros labios rojos,
de sus enojos dolidos
o por llenarme de enojos.
Que malos son los quereres
que premian así pasiones,
hiriendo los corazones
con sus dobles alfileres;
son por ello mercaderes
que negocian sus antojos,
de sus enojos dolidos
o por llenarme de enojos.
Ya quiera el amor la guerra,
ya quiera el amor la paz,
como es Cupido sagaz
y afamado en esta tierra,
viendo que cruza la sierra
para hacer mayor el daño,
de su fe me desengaño
sin dolor.
Y, como es niño atrevido,
para no hacerme el valiente,
mézclome yo entre la gente
por pasar inadvertido,
que acabo, si no, dolido
y, viéndolo tan extraño,
de su fe me desengaño
sin dolor.
Y no son raras manías,
mas sí ahorrar en sufrimiento,
que todo es verse memento
tras sufrir sus felonías,
pues que, lleno de alegrías,
si es amante del engaño,
de su fe me desengaño
sin dolor.
De modo que la cautela
debe ser bien extremada,
porque una flecha dorada
es arma que el alma hiela,
y si es plomo y desvela
un mal terrible y tamaño
de su fe me desengaño
sin dolor.

TELÓN

José Ramón Muñiz
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