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Martes - 24.Octubre.2017

Estás en: Poetas noveles

Candás y la Peña Furada en la playa

ver las estadisticas del contenidorecomendar  contenido a un amigo
Enviado (02/10/2011)Enviado porJose Ramon Muñiz Alvarez-
José Ramón Muñiz Álvarez
“LA MAÑANA EN EL MERCADO” O “EL AMANTE SIN AMORES”
(JUGUETE CÓMICO-LÍRICO EN
UN ACTO)



ESTAMPA I

Típico mercado medieval. Las gentes pululan de un lado para otro, mirando los distintos productos que se ofrecen. El decorado pinta una callejuela de un pueblo castellano, hacia el siglo XVI, y las gentes visten al uso de la época.

ESCENA I

Los distintos vendedores pregonan sus productos a viva voz. Aparición de un ciego con su lazarillo por el lado izquierdo, y, por el derecho, dos señoras.

MERCADER: Traigo sedas del Oriente,
De la tierra en los confines,
Dignas de los serafines
De la aurora incandescente.
No es un género corriente
Esta tela del Nipón,
Una lejana nación
Al otro lado del mundo,
Donde el comercio es fecundo
Y ricas las gentes son.
LECHERA: Leche de cabra, señora,
Siempre el mejor alimento.
VENDEDOR: Vendo un formidable ungüento
Que el africano atesora,
La solución que mejora
La salud más delicada.
LECHERA: Compren, señoras, cuajada.
MERCADER: Telas para las mujeres
Que nos traen los mercaderes
Del rincón de la alborada…
ALDEANA: Buenos huevos de la aldea,
Que son producto aldeano,
Que el huevo es siempre más sano,
Si el tiempo no lo estropea.
La gallina cacarea
Dentro de su gallinero.
PANADERO: Tenéis aquí al panadero,
Que trae sus bollos de harina.
ALDEANA: Buenos huevos de gallina,
Puestos con mucho salero.
SEÑORA: Anda, pon media docena,
Que los días de mercado
Mi esposo está acostumbrado
A comerlos con la cena.
ALDENA: Será una docena buena,
Que cene bien su marido.
SEÑORA: Con media ya va servido,
Que es un hombre muy frugal.
ALDEANA: Pues nunca se venden mal.
SEÑORA: Dime ya lo que es debido.
ALDENA: Un escudo.
LA OTRA SEÑORA: ¿No son caros?
ALDEANA: Lo son para los avaros.
SEÑORA: Pues yo pienso que lo son.
MERCADER: Bellas telas del Nipón…
LA OTRA SEÑORA: Vaya robo.
SEÑORA: Ya te digo.
ALDEANA: A comprarlos yo no obligo,
Que me sobra quien los quiera.
LA OTRA SEÑORA: Si quieres vender, espera…
ALDEANA: Yo digo bien lo que le digo.
SEÑORA: Es ladrona la aldeana
Al pedirnos un ducado.
PESCADOR: Salmón, trucha, buen pescado…
LA OTRA SEÑORA: De engañarnos tiene gana.
Yo vine la otra mañana
A ver que huevos tenía
Y digo que los vendía
A buen precio, pero estoy
Sorprendida, al ver que hoy
Tenga ella tanta osadía.
EL CIEGO: Perdón, señoras, soy ciego,
Pido limosna a la gente.
SEÑORA: Pues sí que hay que ser valiente
Para pedir.
LA OTRA SEÑORA: Desde luego.
EL CIEGO: Si la limosna yo ruego
Será por mi condición.
LA OTRA SEÑORA: No tenéis de Dios perdón
Con tamaño proceder.
Sabemos que podéis ver.
LAZARILLO: Amo, si tienen razón…
EL CIEGO: Con lo mal que está la vida
Sólo me resta pedir.
LA OTRA SEÑORA: No os lo pienso repetir.
EL CIEGO: Doy la cosa por perdida.
LA OTRA SEÑORA: La que me tiene encendida
Es la maldita aldeana.
Viene aquí cada mañana
En los días de mercado.
SEÑORA: Hoy por robar se le ha dado.
LA OTRA SEÑORA: Miserable soberana.
SEÑORA: Si pudiera darle muerte,
Juro que muerta estuviera:
¡Vender huevos como quiera,
Y cobrarlos de esa suerte!
LA OTRA SEÑORA: Yo misma, que estoy más fuerte,
Mal los ojos le sacara,
Por ser una perra avara,
Una perra, una ladrona.
ALDEANA: Bruja, eres mala persona,
¿Y si yo a ti te matara?
SEÑORA: Y no le falta valor,
Que quiere seguir el lance.
EL CIEGO: Voy a cantar un romance,
Menos ruidos, por favor,
Porque con este fragor
Nadie que quiera escucharlo
Tendrá ocasión de gozarlo,
Y no voy a repetir.
LA OTRA SEÑORA: ¿Quién lo hubo de pedir?
¿A quién oyes demandarlo?

ESCENA II

Entra don Pedro, acompañado del comendador.

DON PEDRO: Dichoso mal el amor,
Si es que el amor es un mal,
Pues su destino fatal
Es de todo lo mejor.
Quiere hacernos el favor
El amor tan inconstante
Que arranca a cualquier amante
Que el amor triste profesa.
COMENDADOR: El amor no me interesa.
DON PEDRO: Pues es harto interesante.
Nos brinda tanta alegría
Como también su tristeza.
Bello es cuando se tropieza
Con su furia tan bravía.
Negra desgracia la mía,
Que la tengo por gran bien,
Si el amor es un vaivén
Lleno de melancolía.
Que pasan tales estados
Y sufren por el desdén.
COMENDADOR: ¿Y os desdeña vuestra amada?
DON PEDRO: Claro está que me desdeña.
COMENDADOR: Vuestra mente se despeña
De la nada hacia la nada.
DON PEDRO: Ella es la misma alborada,
Cuando sale el sol al día,
Es esquiva, siempre es fría,
Como la hora tan hermosa
Que en el horizonte posa
Su lucero y bizarría.
COMENDADOR: Pues, si estáis enamorado,
Será para vuestro mal,
Que ese tormento fatal
Hace mengua a vuestro estado.
De sensato diplomado,
Titulado en Alcalá,
Todo el seso se os irá
En ese amor que sentís.
Valiente cosa decís.
DON PEDRO: Y grande gracia será.
En fin, como soy amante,
No seré contestatario
Con ese vil comentario,
Que es el amor tolerante.
Os absuelvo en este instante
De decir blasfemia tal,
Que en mi destino fatal
Yo me tengo por bendito.
En cambio vos de granito
Parecéis, si no es cristal.
¿De la ilustre afortunada
No queréis saber el nombre?
COMENDADOR: ¿Será cosa que me asombre?
DON PEDRO: Será cosa celebrada.
COMENDADOR: La aurora será, cuajada
De su luz y su belleza,
Si es que vos tanta tristeza
Debéis sentir por amor.
DON PEDRO: Pues, sin hacerme favor,
Os burláis con sutileza.
COMENDADOR: Sois un hombre respetado.
No tenéis necesidad
De tanta pomposidad
Ni veros en ese estado.
No tenéis hoy concertado
Vuestro ingenio de otras veces.
DON PEDRO: Esas son burlas soeces.
COMENDADOR: Finezas tan cortesanas
No son para las mañanas.
DON PEDRO: Pueden serlo algunas veces.
COMENDADOR: De los dos soy el más viejo,
Como viejo que soy,
Este consejo que os doy
Habéis de ver como espejo.
DON PEDRO: No quiere el amor consejo,
Que solo un bien lo alimenta,
Que es ese bien que sustenta
Toda su clara hermosura.
COMENDADOR: Amar es una locura
Que se sale de la cuenta.
Están llenas las ciudades,
Los pueblos, vellas y aldeas
De gente cuyas peleas
Asusta a las vecindades.
El amor a mezquindades
Conduce al hombre más bueno.
Es amor puro veneno.
DON PEDRO: Pues yo estoy envenado,
Por verme al amor atado.
COMENDADOR: Nadáis en fango y en cieno.
LECHERA: Compren, señoras, cuajada.
MERCADER: Telas para las mujeres
Que nos traen los mercaderes
Del rincón de la alborada…
LECHERA: La salud más delicada
Con la cuajada mejora.
Leche de cabra, señora,
Siempre el mejor alimento.
VENDEDOR: Vendo un formidable ungüento
Que el africano atesora.

ESCENA III

Llega doña Laurentina, acompañada de su aya.

DON PEDRO: A propósito, aquí llega
Esa hermosura callada,
Esa flor que la nevada
Vence si el aire navega.
La clara flor de la Vega
Luce su llama preciosa,
Su fragancia, que, olorosa,
Se presenta repentina
Como doña Laurentina
Del Castañar Finojosa.
Vedla con qué gracia clara
Alcanza la luz del día,
Bella cual su nombradía,
Dulce como se declara.
Porque en su mirada avara
Todo desdén es pureza,
Y, si me causa tristeza
La poca atención que me da,
Ello no me enojará,
Si es desprecio o si es dureza.
Y, cada vez que la miro
Pienso que fue la alborada
La que corrió, acelerada,
Los valles en un suspiro.
Yo, que su nombre respiro,
Laurentina, clara suerte,
Pido en su nombre la muerte,
Porque yo en ella reviva
Cuando quiera herirme, esquiva,
Porque mi dolor advierte.
¿No la veis, donde ha frenado
Su paso, tan elegante?
COMENDADOR: Ese amor es delirante,
Pues estáis obsesionado.
LAURENTINA: Poco pan hemos comprado,
Y harán falta leche y miel.
AYA: No me manchéis el mantel
Otra vez, como aquel día.
LAURENTINA: Y no sé si la sandía…
DON PEDRO: Bella rosa en un vergel…
Me parece tan hermosa
Como flor en su jardín.
¿Es una rosa o un jazmín?
En fin, es flor olorosa.
COMENDADOR: Me parece cosa odiosa
Tanta flor y tanto halago.
DON PEDRO: Pero ¿no es ella aire vago
De las fuentes del camino?
Y me siento mortecino,
Pues por ella me deshago.
COMENDADOR: Esa preciosa mujer
No parece la mejor
Para que mostréis amor
A punto de perecer,
Porque, como podéis ver,
Los tiempos se hacen tacaños
Al amor, cuando los años
Os sobran en gran medida,
Cuando a ella, por mi vida,
Le faltan.
DON PEDRO: Extraños daños.
De un amigo no esperaba
Semejante tropelía.
COMENDADOR: Vuestro amor es osadía.
DON PEDRO: Osado el amor me hablaba.
Solamente musitaba
Lo que me dicta Cupido
En la puerta del oído,
Donde suele aconsejarme,
Que no pretenda aliviarme
Si fuera estoy de sentido.
DON PEDRO: Parece el sol eclipsado,
Si nos falta su presencia.
COMENDADOR: Raros requiebros de ausencia
Para un loco enamorado.
DON PEDRO: Ya me imagino casado
Con esa clara hermosura.
COMENDADOR: El amor y la premura
De la mano van unidos.
DON PEDRO: Destino de los vencidos
Es el que a mí me tortura.
Siento tal melancolía
Y tal dolor en mi pecho,
Que, ya el ánimo desecho,
Quiero que pase este día.
Con qué dureza se enfría
Esta pasión del amor,
Que me llena de dolor,
Porque, al ir al mercado,
Ya que no la hube encontrado,
Ella olvida mi favor.
Dijo palabras tan bellas
En aquella romería…
Yo, que no la conocía,
Imaginé las estrellas.
Pero ya sus mil centellas
Se apagaron delirantes,
Que no pueden los amantes
Vivir tristes y escondidos,
Renunciando a los sentidos
Y a sus pasiones constantes.

ESCENA IV

Se van el aya y Laurentina.

DON PEDRO: Mi señora Laurentina,
Que tanto amor en su pecho
Guarda para mi derecho
Cada vez que me ilumina.
COMENDADOR: Tengo en el alma una espina
Por saber si os corresponde,
No sé si cuándo ni dónde,
Ya que tanto habláis de amor.
DON PEDRO: No quiere hacerlo, señor,
Pues ella es hija de un conde.
No está aquí el rostro amado,
La mozuela impertinente
Que yo cortejo valiente
Y a quien mando su recado.
Y no sé qué habrá prendado
Mi corazón tierno y bello,
Porque es corazón plebeyo
Y está vedado su amor
A quien, con tanto calor,
Sueña abrazarla en su cuello.
¿Dónde está? ¿Se habrá partido
A algún lugar alejado?
¿Es que acaso me ha olvidado?
¿Es que nunca me ha querido?
Corazón inadvertido,
Cómo queman los amores
Que te llenan de dolores
En esta prisión umbría,
Llena de melancolía,
De humedades y rumores.
LAZARILLO: Estos ilustres señores
Parecen tener dineros,
Pues que visten buenos cueros
Y llevan telas mejores.
Sin dinero, los favores
Y la dádiva mezquina
No pasan de la rutina,
Pero estos son rutilantes.
EL CIEGO: Calla tú, no te adelantes,
Que no anda quien más camina:
Ricos son, estoy seguro,
Y tienen buen abolengo,
Pero de ellos me prevengo,
Que nada dan aventuro.
Mira bien, en cada apuro
Debe siempre el pedigüeño
Pedir al pobre, al pequeño,
No al soberbio y poderoso,
Que no atiende al quejumbroso,
Ni aun de mucho siendo dueño.
Fíjate que el que más tiene
Siempre es el que menos da.
LAZARILLO: Por probar…
EL CIEGO: Malo será
Si algo tu mano retiene.
Más quiero que me envenene
Una serpiente asquerosa
Que esta gente poderosa,
Soberbia, rancia, malvada.
Son los que nunca dan nada
De su prosapia orgullosa.
LAZARILLO: ¿Pero no están con amores,
Con pasiones y estas cosas?
Aunque son cosas ociosas,
¿No somos dos trovadores?
Cantemos por sus favores
Y un escudo nos darán.
EL CIEGO: Tanto menos.
LAZARILLO: No serán
Incapaces de algo darnos.
EL CIEGO: Pueden acaso humillarnos.
Y seguro que lo harán.
LAZARILLO: Mala cosa es, mi señor:
Siempre sois tan desconfiado…
EL CIEGO: Yo soy un ciego avisado.
LAZARILLO: Y dudo qué es lo mejor.
Sería aquí un gran error
No trovar para esta gente.
Pienso que soy elocuente:
Nos hace falta dinero
Que le pague al posadero.
EL CIEGO: Sigues siendo un inocente.
Más usurero no existe
Que el que se ve con dineros.
Son como los carroñeros,
Cuando la carroña asiste.
Si ves a quien mejor viste
Que es de lo más presumido
¿No será porque ha fingido
La riqueza que no tiene?
Pero si es lo que deviene
En un mundo confundido.
Resulta siempre eficiente
Pedir al que tiene menos,
Que entre los graves venenos
Que desbaratan la mente,
La codicia es más frecuente
En quien tiene gran hacienda,
En quien cobra la molienda
O gobierna un señorío.
Con todo ese poderío
No hallarás quién los entienda.

ESCENA V

Se van el comendador y don Pedro. Llega un caballero vestido con larga capa negra. Los vendedores siguen pregonando sus productos.

VENDEDOR: Mi ungüento es maravilloso.
VINOTERO: Señores, el vino añejo,
Porque, siendo el vino viejo,
Es el vino más sabroso.
MERCADER: Son un tesoro valioso
Estas telas que aquí veis.
MIELERO: Esta miel que aquí tenéis,
Tan espesa como el barro,
Puede quitar el catarro
Y dulce es como sabéis.
MERCADER: Ricas sedas del Oriente.
VINOTERO: Compren el vino sabroso.
MIELERO: Esta es la miel del goloso
Que el oso busca, valiente.
VENDEDOR: Mi ungüento cura a la gente.
MIELERO: Buenas mieles del panal.
MERCADER: Compren la seda oriental,
Que es de gente distinguida.
LECHERA: Leche, la mejor bebida.
VINOTERO: Un vino fenomenal…
ALDEANA: Buenos huevos de la aldea,
Que son producto aldeano,
Que el huevo es siempre más sano,
Si el tiempo no lo estropea.
La gallina cacarea
Dentro de su gallinero.
PANADERO: Tenéis aquí al panadero,
Que trae sus bollos de harina.
ALDEANA: Buenos huevos de gallina,
Puestos con mucho salero.
MERCADER: Ricas sedas del Oriente.
VINOTERO: Compren el vino sabroso.
MIELERO: Esta es la miel del goloso
Que el oso busca, valiente.
VENDEDOR: Mi ungüento cura a la gente.
MIELERO: Buenas mieles del panal.
MERCADER: Compren la seda oriental,
Que es de gente distinguida.
LECHERA: Leche, la mejor bebida.
VINOTERO: Un vino fenomenal…
ALDEANA: La docena es un ducado,
Que está muy cara la vida.
CABALLERO: Esta está loca perdida.
ALDEANA: Yo no quiero otro altercado.
CABALLERO: Pero es pedir demasiado
Por los huevos que decís.
ALDEANA: Pues si algo más no pedís,
Los huevos por un ducado.
CABALLERO: Es un robo descarado
Pedir tanto.
SEÑORA: Bien decís.
ALDEANA: Pues, sin faltar al recato,
Aunque sois de la nobleza,
Os digo, sin aspereza,
Que no hay precio más barato.
Un ducado vale el trato,
Si es que los queréis llevar.
CABALLERO: Insisto esto es robar
A la gente del mercado.
SEÑORA: Es un robo.
LA OTRA SEÑORA: Está cantado
Que nadie los va a comprar.
MERCADER: Traigo sedas del Oriente,
De la tierra en los confines,
Dignas de los serafines
De la aurora incandescente.
No es un género corriente
Esta tela del Nipón,
Una lejana nación
Al otro lado del mundo,
Donde el comercio es fecundo
Y ricas las gentes son.
LECHERA: Leche de cabra, señora,
Siempre el mejor alimento.
VENDEDOR: Vendo un formidable ungüento
Que el africano atesora,
La solución que mejora
La salud más delicada.
LECHERA: Compren, señoras, cuajada.
MERCADER: Telas para las mujeres
Que nos traen los mercaderes
Del rincón de la alborada…
CAMPESINO: Traigo setas, champiñones.
MIELERO: La miel que le gusta al oso.
VINOTERO: Compren el licor goloso.
MERCADER: Telas de extrañas naciones.
PASTOR: De la sierra los jamones
Siempre tienen el mayor salero.
PANADERO: Tenéis aquí al panadero,
Que trae sus bollos de harina.
ALDEANA: Buenos huevos de gallina
Que traigo del galinero.
Estas sedas orientales
Los altos príncipes lucen,
Y con púrpura relucen
Los más altos cardenales.
MIELERO: Compren miel de los panales,
La mejor de estas regiones.
CAMPESINO: Traigo setas, champiñones,
Buenas manzanas sabrosas.
MIELERO: Miel de abejas laboriosas.
PASTOR: Buenos chorizos, jamones.


ESTAMPA II

Vieja posada. Las gentes están sentadas en sus distintas mesas, comen y beben. Un mozo sirve las mesas, según instrucciones del mesonero.

ESCENA I

Desde la calle llega el rumor de los pregoneros, unido al bullicio y la bullanga del mesón.

ALDEANA: Señoras, de la gallina,
Huevos frescos con esmero.
PANADERO: Tenéis aquí al panadero,
Que trae sus bollos de harina.
PASTOR: Desde la sierra vecina,
Os traigo yo tantas cosas.
MIELERO: Miel de abejas laboriosas.
MERCADER: Telas de extrañas naciones.
CAMPESINO: Traigo setas, champiñones,
Buenas manzanas sabrosas.
MESONERO: Hoy no irá mal la comida
Que el negocio bien se ofrece.
MARCELINO: Cuántas almas.
MESONERO: Me parece
Que la gente está servida.
MESONERA: Tengo la sopa codida
Lista y al fuego el cordero.
MESONERO: Soy el mejor mesonero
Que conocen estas tierras.
MESONERO: En eso sí que no yerras.
MESONERO: Si lo digo, así lo espero.
MIELERO: Miel de abejas laboriosas.
MERCADER: Telas de extrañas naciones.
CAMPESINO: Traigo setas, champiñones,
Buenas manzanas sabrosas.
PASTOR: Os traigo yo tantas cosas,
Desde la sierra vecina.
ALDEANA: Señoras, de la gallina,
Huevos frescos con esmero.
PANADERO: Tenéis aquí al panadero,
Que trae sus bollos de harina.

Mientras beben, conversan dos soldados con las ropas raídas.

SOLDADO I: Es miserable este estado,
Tanto como se habla de guerra.
SOLDADO II: La guerra con Inglaterra,
Pero no nos han llamado.
SOLDADO I: Ya no tengo yo un ducado
Para llenar los bolsillos.
SOLDADO II: Y el mundo está lleno de pillos
Y pícaros sin vergüenza.
SOLDADO I: Para que más te convenza,
No es cosa para chiquillos.
Mercenario soy, amigo.
No me importa la nación,
Tampoco la religión
Y de nadie soy testigo.
Pero todo esto que digo
Lo digo con sentimiento,
Porque el pueblo vive hambriento
Y hambriento vivo también.
SOLDADO II: Dicen que ojos que no ven…
SOLDADO I: Pero en la tripa lo siento.
SOLDADO I: Trabajar como asesino
Puede ser la solución.
SOLDADO II: No te ciegue la pasión,
Que tomas un mal camino.
SOLDADO I: Por el hambre mortecino
No sé ya qué va a importarme.
SOLDADO II: No quisiera yo mirarme
En una cárcel metido.
SOLDADO I: El estómago vencido
Puede a ese trance llevarme.
SOLDADO II: Una plaza de alguacil
No es mal invento, por cierto.
SOLDADO I: Todo me parece incierto,
Será que ya estoy senil.
SOLDADO II: Pues en las tierras del Sil
Tiene mi primo lugar.
SOLDADO I: ¿Y quién querrá contratar
A dos viejos carcamales?
¿Autoridades locales
Que no nos podrán pagar?
No hay manera de vivir
En este cochino mundo.
Ni el buen Felipe Segundo
Lo pudierea conseguir.
La gente quiere vivir
Y se encuentra miserable.
SOLDADO II: No me parece admirable
No buscar la solución.
SOLDADO I: Pues pido entonces perdón
Por ver la verdad palpable.
MERCADER: Traigo sedas del Oriente,
De la tierra en los confines,
Dignas de los serafines
De la aurora incandescente.
No es un género corriente
Esta tela del Nipón,
Una lejana nación
Al otro lado del mundo,
Donde el comercio es fecundo
Y ricas las gentes son.

ESCENA II

Entrada del ciego y del lazarillo.

MESONERO: Bien sabré yo acomodar
A sus pacientes mercedes.
EL CIEGO: Ayúdame tú, que puedes.
MESONERO: ¿Qué es lo que quieren yantar?
EL CIEGO: Un buen cabrón del lugar,
Del lagar el mejor vino.
EL MESONERO: Sirve aquí ya Marcelino,
Que traen hambre los señores.
Dales los buenos licores,
Porque nunca sobra el vino.

Les empiezan a servir.

EL CIEGO: Mudaremos a ciudades
Donde la gente corriente
Pueda ser condescendiente
Con nuestras necesidades.
LAZARILLO: Hoy, con tantas necedades
Que se escuchan he pensado
Que alejarse a otro poblado
Es lo más lógico y bueno.
EL CIEGO: Están llenos de veneno.
¿No ves como me han tratado?
EL CIEGO: Este es buen alojamiento
Para poder pernoctar.
EL LAZARILLO: Con eso de no cantar,
Mi señor, no estoy contento.
Consumimos alimento
Que bien no nos merecemos.
EL CIEGO: Pero el caso es que comemos,
Y es preciso alimentarse.
No es caso de acobardarse.
LAZARILLO: ¿Pero cómo pagaremos?
EL CIEGO: Me estás poniendo nervioso.
LAZARILLO: Y el yantar va encareciendo,
Que el vino que estáis bebiendo
No es regalo dadivoso.
EL CIEGO: Tente quieto tú, mocoso,
Que ya nos mira el ventero.
LAZARILLO: El maldito mesonero
Nos hará ver las prisiones.
Cantemos unas canciones
Y paguemos el dinero.
Un romance puede acaso
Sacarnos de aqueste lance.
EL CIEGO: Valiente cosa un romance.
LAZARILLO: Pues el dinero anda escaso.
EL CIEGO: Sé paciente, paso a paso,
Que sé yo lo que hay que hacer.
MESONERO: ¿Más vino para beber?
EL CIEGO: Más vino para este ciego,
Que con tanto vino llego
A pensar que ver pudiera.
MESONERO: Lo traerá la mesonera
En un momento. Hasta luego.
LAZARILLO: En su mirada esa flecha
Parece ya desconfianza,
Que me quita la templanza
Saber que el hombre sospecha.
Y este miedo me despecha,
Que no hay ya para pagar.
EL CIEGO: Si tenemos que cantar,
Será cuando estén bebidos
Todos los aquí venidos,
Que el vino les hará dar.
Cuando se dice goloso
Que el vino es un dios valiente,
No olvides lo que la gente
Habla con juicio valioso:
Si es el vino generoso,
Es la gente dadivosa,
Porque la hace generosa
El buen vino dadivoso.
LAZARILLO: Con este tono gracioso,
Otra jarra es poca cosa…
EL CIEGO: A hora nos traerán más vino.
Y si te quieres fijar
Tienes en este lugar
Un ambiente peregrino.
Cada cual por su camino
Como quiere se emborracha,
Otro busca a una muchacha,
El mesonero es abierto…,
Hay humor y buen concierto,
Y eso es la gente sin tacha.
Esta gente, buen ahijado,
Esta gente es la que paga.
Con una canción que se haga,
El bolso se habrá llenado.
La escasez se ha terminado,
Que donde se gasta en vino
Hay dinero, suerte, tino,
Rara bonanza y contento,
Que no es el vino alimento
Del usurero mezquino.
LAZARILLO: Pues pensemos en cantar.
Porque el repertorio es bueno,
Y hay que tenerse sereno
Para poderlo mostrar.
EL CIEGO: El vino puede inspirar
Más que el más sereno aliento.
LAZARILLO: Cantar ebrio es muy violento.
EL CIEGO: Así se debe cantar.
No me quieras contrariar
Contándome un nuevo invento.

Siguen bebiendo vino.

ESCENA III

Entrada de don Pedro y del comendador.

COMENDADOR: Olvidemos el amor,
Que ya es hora de comer.
MESONERO: ¿Buen vino para beber?
COMENDADOR: Una jarra, por favor.
Sentiremos el sopor
Que nos deja la bebida,
Claro placer de la vida
Para olvido de las penas.
MESONERO: Que vivan las tripas llenas,
Y viene el vino enseguida.

Marcelino sirve el vino al ciego y al lazarillo.

Marcelino, trae más vino
Que a esta gente es menester.
DON PEDRO: Sólo quisiera saber,
Aunque no soy adivino,
Qué me depara el destino,
Viviendo en esta amargura.
COMENDADOR: El que el buen vino apura
No siente tales dolores.
DON PEDRO: Pero yo muero de amores,
Que es simpática locura.
Y qué raro es el contento
Que el poso de amor nos deja,
Arruyándonos la oreja
Con tan hondo sentimiento,
Que hasta el mismo firmamento
Se enamora en primavera.
MESONERO: No sé que dijo.
DON PEDRO: No espera
El amor raras pasiones,
Con todas sus devociones.
COMENDADOR: Es que el pobre está en la higuera.
ALDEANA: Buenos huevos de la aldea,
Que son producto aldeano,
Que el huevo es siempre más sano,
Si el tiempo no lo estropea.
La gallina cacarea
Dentro de su gallinero.
DON PEDRO: Ese bicho pendenciero
Me marea con sus gritos,
Y, si nos traen huevos fritos,
Les diré que no los quiero.

Pausa. Un hondo suspiro de don Pedro.

Si, servidor del amor,
Pues es todo un menester
El amar a una mujer
Y servirla con honor,
Yo quiero hacerlo mejor,
Ya que el amor es mi vicio.
Que es el amor duro oficio
Para quien, con pecho amante,
En su dolor delirante
Se presenta en sacrificio.

Llega el mesonero a servir.

MESONERO: Buena comida, señores,
Es esta que aquí tenemos:
Primero les serviremos
Estos sabrosos licores.
El vino es de los mejores,
Y vendrá el cabrito luego,
Que de momento en el fuego
Se está asando lentamente.
Que aproveche, buena gente,
Sigo a lo mío. Hasta luego.
COMENDADOR: Tiene todo buena pinta,
Y huele el tinto muy bien.
Siempre es mejor que nos den
Alguna cosa indistinta.
DON PEDRO: Serviremos una pinta
De este vino que se espuma
Como el amor que rezuma
Su color y su belleza.
COMENDADOR: Ahora habláis con sutileza.
¿Dónde he dejado mi pluma?
Quiero, pues me he enamorado,
Hacer en verso una carta,
Aunque la tierra se parta
Y quiebre entero el ducado.
La carta la habré mandado
Esta tarde a mi señora,
Que, aunque ella es la misma aurora,
Si pierde luz, a la tarde,
No la dejará cobarde,
Pues ella luz atesora.
COMENDADOR: Primero será el comer
Que el ejercicio del verso,
Que me parece perverso
Escribir y no beber.
Yo me comprometo a hacer,
Si en esto me hicieseis caso,
Que llegue la carta, acaso,
A vuestra bella doncella.
DON PEDRO: ¿Le llevaréis mi querella?
COMENDADOR: Vos comed, y paso a paso.
DON PEDRO: Dadme ese vino famoso,
Puesto que hay que celebrar
Que se empieza a iluminar
Ese cielo antes nuboso.
Que venga al ánimo hermoso
Con su gusto y su sabor
Por celebrar el favor
En el poso de una jarra.
Tengo en casa la guitarra
Para hacer himnos de amor.

TELÓN.





2009 © José Ramón Muñiz Álvarez
Todos los derechos reservados por el autor.

José Ramón Muñiz Álvarez nació en la villa de Gijón y sigue residiendo en Candás (concejo de Carreño). Su infancia transcurre de manera idílica en dicho puerto, donde pasa su juventud hasta el término de sus estudios. Licenciado en Filología Hispanica y especialista en asturiano, vive a caballo entre Asturias y Castilla León, comunidad en la que es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Su afán por las letras y las artes lo ha llevado al cultivo de la poesía. Es autor de varios libros, de los cuales ya ha dado a conocer "Las campanas de la muerte", aunque en una tirada modesta.
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