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Domingo - 22.Octubre.2017

Estás en: Poetas noveles

La Almena de Candás

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Enviado (30/08/2011)Enviado porJose Ramon Muñiz Alvarez-


Videre: http://jrma1987.blogspot.com





Arqueros del alba

 

Para María Dolores Menéndez López

 

Soneto I

 

        El viento helado que rozó el cabello,

Llenándolo de escarcha y de blancura,

No osó matar su hechizo, su ternura,

Sus luces, sus bellezas, su destello:

        Manchado de granizo fue más bello,

Más puro que la nieve cuando, pura,

Desciende de los cielos, de la altura,

Tan diáfano que el sol luce en su cuello.

        Hiriéronla los años, la carrera,

El rápido correr hacia el vacío,

Más no perdió la luz de su alegría.

        Sus risas, floración de primavera,

Fluyeron como, rápida en el río,

El agua en su correr, helada y fría.

 

Soneto II

 

        Un ángel vi de niño en la mirada

De aquella anciana dulce y cariñosa,

Más bella que la aurora perezosa

Cuando apagó su voz de madrugada.

        En su cabello blanco la nevada

Hirió el color luciente de la rosa,

Y el pardo de sus ojos hizo hermosa

De su mirar la luz, alma hechizada.

        De niño vi en su rostro la dulzura

De aquella vieja a la que, agradecido,

Besaba con amor en la mejilla.

        Su voz hablaba llena de ternura,

Amable siempre, en tono suspendido,

Mostrando, con amor, su alma sencilla.

 

Soneto III

 

        La orilla alborotó un mar coralino

Y el cielo asaltó, puro y despejado,

Aquel caballo raudo que, embrujado,

Pincel se hizo del aire cristalino.

        Y hallaste, al avanzar en el camino,

Crepúsculos sin voz, un mar dorado,

Y pudo descansar, ya fatigado,

Tu aliento, firme ayer, hoy peregrino.

        La noche vino larga y duradera

Con el amanecer, robando el día,

Su luz, su brillo, toda la hermosura:

        Mi pecho será luz, y, dondequiera,

Habrá de iluminarte cuando, fría,

Te aceche, sin pudor, la noche oscura.

 

Soneto IV

 

        No oiréis correr de nuevo el arroyuelo

Que, alegre, se lanzaba a su caída,

Ni al dulce ruiseñor, cuya venida

La bóveda alumbró del alto cielo.

        Dolores era hermosa como el vuelo

Que alcanza las antorchas de la vida,

Luciente como el alba que, encendida,

Cuajaba en sus cabellos el deshielo.

       Mi espíritu poblaron las malezas

Dejándome en las sombras misteriosas

Que llenan hoy mis versos de tristezas.

       Sus ojos son estrellas luminosas,

Sus luces, altas torres, fortalezas,

Alegres sus sonrisas perezosas

 

Soneto V

 

       A cambio de tus besos silenciosos

Un reino he de entregar, tierra olvidada,

Aire sin voz, llegando a la morada

De todos los misterios y reposos.

       Los guiños de tus ojos cariñosos

Allí me encontrarán, alma cansada,

Lleno de amor, de entrega fatigada

De anhelos y de esfuerzos dolorosos.

       Habré llegado a ti desde la vida

Para volverte vida entre mis brazos,

Y habremos de emprender el largo viaje.

       Del sueño volverás del que, dormida,

Pretenden despertarte mis abrazos,

Que abrieron a tu amor tanto coraje.

 

La aurora de la muerte

 

       Los prados humedecidos

Que, besados por la helada,

Con la misma madrugada

Yacían adormecidos,

Escucharon los gemidos

Llegados del firmamento,

Que, rozados del aliento

De la aurora blanquecina,

Apartaron la neblina,

Densa en las alas del viento.

       Y aquella mancha de plata

Que el sol trajo en su carruaje

Iluminaba el paisaje,

Mezclando al blanco escarlata,

Que, aunque tímida, sensata,

De agotarse temerosa,

Rasgó la caricia hermosa

Al rayar en la mañana,

Como caricia temprana,

Llena de luz, olorosa.

       El arroyo, sin apuro,

Aún su cauce empobrecido,

Murmuraba su sonido

Al cruzar el valle oscuro,

Siguiendo el curso seguro

Que, en su descenso tranquilo,

Avanzaba con sigilo

Entre las cómplices sombras,

Regando secas alfombras,

Buscando mayor asilo.

       De las aguas transparentes,

Su curso lento, sencillo,

Se saciaba el cervatillo

Que bebió de las corrientes,

Reflejándose en las fuentes

Donde las juncias brotaban,

Y en las alturas hallaban

La copia de su hermosura,

El sosiego y la frescura

En las nubes que flotaban.

       Y entonces te despertaron

De aquel sueño perezoso,

Con el beso más gozoso

Que jamás imaginaron,

Los colores que llegaron

A las alturas de un cielo

Que alcanzaste, alzando el vuelo,

Al nacer de la mañana,

Donde la llama temprana

La escarcha halló sobre el suelo.

 

Soneto VI

 

       Heraldo de bondad fue su semblante,

Más puro que la luz de la alborada,

La gracia de su rostro, la mirada,

Sincera siempre, bella a cada instante.

       En ella la ternura era constante,

Más clara que el granizo y la nevada,

Hermosa como el sol, jamás nublada

La frente cuyo rostro hizo brillante.

       Más pura fue su piel que la azucena

Que brota en primavera por los prados,

Más cándida y más bella, siempre buena.

       Recuerdo que sus párpados cansados

Tendían a cerrarse, aunque sin pena,

Buscando sueños siempre reposados.

 

Soneto VII

 

       Un mar navegarás donde, brumosos,

Negando al sol la luz, llama escarlata,

Los vientos, sombra gris, noche insensata,

El cielo cerrarán avariciosos.

       Después de los umbrales cavernosos

Del sueño que en la noche se dilata,

Tus ojos se abrirán, perla de plata,

Buscando los paisajes luminosos.

       Y todo mostrará su luz dorada,

El cielo, el sol, el mar y las orillas,

Para escuchar tu voz, ayer callada.

       Risueñas nuevamente tus mejillas

La brisa sentirán más que hechizada,

La leña dando al alba y sus astillas.

 

Soneto VIII

 

       El despertar más dulce y placentero

Cubrió su rostro cuando, de mañana,

Cruzaba, aventurero, su ventana

El sol del mediodía pendenciero.

       Robábale los sueños su lucero,

Valiente y atrevido, pues, lozana,

La luz la despertaba, con desgana,

Besándola, al llevarle aquel platero.

       Después iluminaba el cuarto oscuro

Corriendo la cortina, que, luciente,

Dejaba gala al oro y su belleza.

       Alzábase del lecho y, sin apuro,

Serenos, de su boca, lentamente,

Brotaban los bostezos con pereza

 

Soneto IX

 

       Dejaste transcurrir la hora temprana,

Palacio que en el sueño se escondía,

Y vio volar la luz la brisa fría,

Después de bien corrida la mañana.

       Manchada por la luz, halló lozana

La risa que en tu rostro se encendía,

Tan clara como el sol al mediodía,

Que el cielo hizo del aire soberana.

         Montó, en un cielo lleno de belleza,

La noche su corcel de madrugada,

Las crines sujetando con firmeza.

       Mas no encontró más luz en tu mirada

Que aquel amanecer vuelto en tristeza,

Que el prado halló cubierto por la helada.

 

Soneto X

 

       No vueles, ruiseñor, hacia los cielos

Que se hacen más azules en verano,

Ni escapes, golondrina, de mi mano,

Llevada por la brisa y sus desvelos.

       No corras, herrerillo, aunque tus vuelos

Te dejen alcanzar lo más lejano,

Ni escales, carbonero, el aire en vano

De donde caen las nieves y los hielos.

       No partas, ave blanca, si tu nido

Lo tienes junto a mí, donde la tierra

Se alegra de tu voz y tu sonido.

       Amor serán los bosques y la sierra,

Los árboles y el prado que, dormido,

Se olvida de la helada que lo encierra.

 

El alba despertaba

 

       El alba despertaba

Sobre las sombras tristes,

Y, oyendo su bostezo,

Corrieron lentamente a las alturas

Las llamas de aquel sol que se encendía

Con paso lento, débil y cansado,

Al tiempo que los mares,

Rozados por la brisa,

Dejaban que las olas se escapasen

Como un caballo blanco por la sierra.

       El alba despertaba

Sobre las sombras tristes,

Y, oyendo su bostezo,

Temblaron los rosales que la escarcha

Rasgaba sin pudor, cuando, inclemente,

Su hielo sobre el pétalo, lo hería

Con un cuchillo fino,

Acaso cristalino,

Veloz, cada mañana de diciembre,

Como un caballo blanco por la sierra.

       El alba despertaba

Sobre las sombras tristes,

Y, oyendo su bostezo,

De nuevo salpicaron los arroyos

Los prados, las orillas, los alisos

Desnudos de las hojas de sus ramas

Que, en tardes otoñales,

Perdieron sin remedio,

Llevándolas las brisas invisibles

Como un caballo blanco por la sierra.

       El alba despertaba

Sobre las sombras tristes,

Y, oyendo su bostezo,

La luna y las estrellas retiraron

Su luz hermosa, débil y cansada,

Al tiempo que la noche se escondía,

Volando hacia otros reinos,

Fugaz como las horas

Que corren como el viento, como el aire,

Como un caballo blanco por la sierra.

 

Soneto XI

 

       La luz sobre las sombras se deshizo

Un viernes de noviembre donde, bella,

En el fogón ardía una centella

Que alzó la magia rara del hechizo.

       La lluvia dejó paso al invernizo

Susurro de los vientos, su querella,

Cansados de quejarse, pues aquella

Más dura sonó en boca del granizo.

       Las lluvias y los vientos sacudieron

Con toda su dureza los tejados,

Luciendo, firmes, su perseverancia.

      Las brasas, sin embargo, resistieron

A los chubascos, viendo preparados

Viruta, carbón, leña en abundancia.

 

Soneto XII

 

       Sus manos delicadas, temblorosas,

Ya débiles, estaban siempre frías,

Mas no sus ojos, cuyas alegrías

Lucieron en el fuego de dos rosas.

       Sus piernas caminaban temerosas

De algún tropiezo, pero ciertos días

Andaba con soltura si, en las mías,

Sus manos se apoyaban jubilosas.

       Y, júbilo febril, me dio el hechizo

Que pueden dar los ángeles del cielo,

Hasta que su sonrisa se deshizo.

       La luz del sol cortaba el blanco hielo

Que el prado hirió, con nieves y granizo,

Pincel de la mañana sobre el suelo.

 

Soneto XIII

 

       El sol buscó un crepúsculo callado

Detrás de las montañas y cordales,

Las luces, las estrellas celestiales

Que al orto dan, desde su principado.

       El oro fue en los mares reflejado

Y el vuelo alzaste, yendo a los cristales,

Del alba, cuyos brillos celestiales

Ardieron en un cielo despejado.

       El árbol deshojado de tu risa

Las noches desnudaron sin apuro,

Las horas, las auroras y la brisa.

       Desnuda pudo verte el aire puro,

Errante voladora tu sonrisa

Donde cayó, a la noche, un sol oscuro.

 

El brillo incandescente

 

       Dejad que nazca,

En la lejanía,

El brillo incandescente

Que llena de colores las alturas,

Y que, rompiendo las sombras,

Corran los campos azulados del firmamento,

Siempre a sus anchas,

Los corceles de la mañana.

       Mas no venga la muerte en su galope.

       Corriente sobre corriente,

Abrazarán las aguas de los mares.

       Corriente sobre corriente,

Las de los lagos y arroyos.

       Corriente sobre corriente,

Las de los montes, las de los valles.

       Y, pronunciando su claridad atrevida,

Arrancarán la noche de un zarpazo,

Hiriendo el cielo con sus relinchos,

Con su alegría repentina,

Llenando de bullicio

Las horas que se desperezan.

       Mas no venga la muerte en su galope.

       Corriente sobre corriente,

Alcanzarán los reinos que bostezan,

Los de las sierras dormidas,

Los del estanque, los de las playas.

       Y, pronunciando su claridad atrevida,

Derrotarán las huestes de la noche,

Borrando, a su paso, las estrellas,

Dejando al aire las crines

Lucientes como el oro

Que vuelve a despertarnos.

       Mas no venga la muerte en su galope.

       Dejad que nazca,

En la lejanía,

El brillo incandescente

Que llena de colores las alturas,

Y que, rompiendo las sombras,

Corran los campos azulados del firmamento,

Siempre a sus anchas,

Los corceles de la mañana.

 

Soneto XIV

 

       La sombra que borró su rostro bello

Volviéndolo cenizas en la nada

Negar quiere mi voz, cuando, callada,

Se rinde al alumbrarla en un destello.

       La nieve que fue antorcha en su cabello

Haciéndolo más claro, a la alborada,

Recuerdo pudo ser, donde, apagada,

Revive, al recordarla en todo aquello.

       Hirió su voz sin lucha el sinsentido

Que arranca de los pechos el aliento

Que ceden, quejumbrosos, su sonido.

       La muerte arrebató su sentimiento,

Y el hielo sus rosales hizo olvido,

Hiriéndola con fuerza el raudo viento.

 

Soneto XV

 

       Prendieron las antorchas su belleza,

Las luces, el color y la hermosura,

Las llamas de una súbita ternura

Que ardió sobre su frágil fortaleza.

       Voló un suspiro al aire y, sin torpeza,

Cruzó el silencio triste, y su figura,

Serena, fue buscando otra postura,

Librando en su bostezo la pereza.

       Sus ojos se entreabrieron y miraron

Con dulce claridad, nunca con prisa,

Gozando de la siesta y su reposo.

       Las llamas de una estrella dibujaron

La bella mariposa de su risa

En su semblante dulce y cariñoso.

 

2005 © José Ramón Muñiz Álvarez

“Las campanas de la muerte”

Primera parte: "Los arqueros del alba"

Todos los derechos reservados por el autor.

 

José Ramón Muñiz Álvarez

(Breve reseña)

 

José Ramón Muñiz Álvarez nació en la villa de Gijón y sigue residiendo en Candás (concejo de Carreño). Su infancia transcurre de manera idílica en dicho puerto, donde pasa su juventud hasta el término de sus estudios. Licenciado en Filología Hispanica y especialista en asturiano, vive a caballo entre Asturias y Castilla León, comunidad en la que es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Su afán por las letras y las artes lo ha llevado al cultivo de la poesía. Es autor de varios libros, de los cuales ya ha dado a conocer "Las campanas de la muerte", aunque en una tirada modesta.

"Las campanas de la muerte" es una obra que consta de tres poemarios:

 

1-. "Arqueros del alba", dedicado a su abuela materna, Dolores Menéndez López.

 

2-. "Ballesteros de la tarde", dedicado a la abuela paterna, Pilar Muñiz Muñiz.

 

3-. "Lanceros del ocaso", dedicado a uno de sus tíos: Gervasio.

 

El poemario demuestra el extraordinario vínculo del poeta con sus abuelas, en un momento delicado: el del fallecimiento de las mismas. Es indicativo que el libro se escribiese en tres tandas, las dos últimas muy seguidas. Las partes del libro datan de diciembre de 2005 a enero de 2006, primavera verano de 2007 y enero de 2008.

En este tipo de poesía se recurre a las estrofas más tradicionales, con dos únicas excepciones de verso libre. Además de un romance, las demás estrofas son silvas blancas, espinelas y, sobre todo, sonetos.


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