Como el hijo que se acerca a su padre, vacilante, con paso torpe para presentarle a su novia por primera vez, así me dirijo hoy a tí, sin importarme que seas hombre o mujer. Busco humilde y fervorosamente a una persona, a alguien que sepa sobre todo, escuchar y que cuando hable, la calma susurre desde lo más hondo de su corazón; que cuando se apasione, lo haga mirándome a los ojos, apoyando su mano firme y decidida, sobre mi hombro. Busco a alguien, que sepa estar una noche entera a mi lado, pausadamente, compartiendo el silencio junto al fuego en interminables momentos de tupido humo gris azul, como si los dos fuéramos el eje alrededor del cual gira el mundo y sin importarnos que un viento helado o la fría nieve puedan acecharnos más allá de la puerta, con la llegada de una nueva aurora. Busco a alguie...
Crece el sol del mediodía elevándose desde la corteza de los pinos un susurro de cigarras. Desde lo más profundo del bosque me llega el apagado canto de una paloma torcaz. A lo lejos, distingo en el cielo la silueta fantasmal de un buitre solitario. Impregnada de aromas de resina y romero, la brisa ligera mece acompasadamente las hojas verdiblancas del olivo, en un arrullo que llega a adormecer. Trás la ventana de mi refugio, oigo el rumor lejano del río. En la cocina, hierven arroz y judías en el puchero que me proveen del único sustento necesario. Bebo mi tercer vaso de vino, y mi espíritu, liberado de ataduras, descansa como una nube flotante mientras pienso, desde esta atalaya entre montañas: ¿Porqué habría de importarme que esta mañana una avispa haya hecho de mi brazo, el blanco de su aguijón?... ...
Camino una tarde de verano entre frondosas pinedas, embriagado en un susurro de cigarras. Cuando me acerco a ellas, dejo de oírlas súbitamente. ¿Porqué dejas de cantar para mí?. Nada has de temer, pequeña amiga, nunca te haría daño. Solo quisiera acariciar con mis dedos tu pardo y perlado dorso, antes de dejar que te fueras volando...
Remontamos el cauce del río una mañana de verano, siguiendo la tortuosa senda que bordea su lecho; en ocasiones, nuestros piés se mojan en él, en otras, nos sumergimos en sus grandes pozos de profundo color turquesa. Inmensos pinos y encinas clavados en las rocas, crecen hacia el cielo. Atravesamos frondosas y sombreadas veredas bajo techos de espeso manto, mientras oropéndolas y pájaros carpinteros nos acompañan con su canto. A comienzos de este verano los bosques y las hierbas prosperan después de esta generosa y húmeda primavera. A medida que vamos ascendiendo hasta sus fuentes, el cauce se estrecha y el sonido de las aguas se apaga; dominan ahora las desnudas y calcinadas rocas, los viejos árboles caídos, que semejan esqueletos de animales míticos, torturados por años de poderosas riadas y ardiente...
Sentado estoy en la montaña frente a la vieja arboleda, un fresca mañana de primavera. El suave viento del Este mueve las hojas y las copas de los chopos se balancean con una armonía que embriaga. Dejándome acunar por los susurros de docenas de pájaros que allí anidan, contengo el aliento e intento descubrir cuantos lo hacen al unísono, mientras pienso en el cruel destino que te espera, imponente y generosa atalaya. Cuando llegue el invierno serás talada definitivamente y mi alma se estremece ante este triste final del que no puedo sustraerme. El pulso de tu corazón va a detenerse y las montañas callan, pero la melodía del agua del cercano Matarraña me acompañará mucho tiempo después, para recordarme que la vida sigue fluyendo tércamente, más allá de la perversa ambición de los hombres......
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